Este jueves se definirá la ley de propiedad privada y un nuevo tope de venta de tierras a extranjeros. En Rosario, el río Paraná ya tiene quien se encargue del caudal que moviliza el 80% del comercio exterior del país
Por Eduardo Marostica (@eduardo.marostica.ok)
Hacía 20 años que habían comenzado las primeras señales de agotamiento del río. ¿Quién lo hubiera dicho? El Paraná, magnífico gigante, comenzó a mostrar sus partes ocultas sin pudor, como un boxeador magullado a punto del nocaut. Cada nueva vista de su cauce desnudo nos revelaba la profundidad de su fragilidad. Se secaba paulatinamente. Al principio se la llamó «la bajante histórica». Luego, casi en un brevísimo intervalo, con asombro se volvió a notar que cada bajante volvía a ser histórica. ¿Hasta dónde llegaría?
Fue el tiempo en que la discusión mediática se polarizó, como habitualmente ocurre. Por un lado, el Gobierno, tan a la derecha como nunca antes, vociferaba futuros de pobreza y días cargados de maldiciones de zurdos y kukas, que no hacían otra cosa que hacer mierda al país. Como siempre, lo importante era mantener el superávit fiscal, equilibrar la balanza comercial y, sobre todo, honrar las deudas y todas las acreencias del mercado. Para eso se necesitaban dólares, “Ignorantes de mierda. ¿Qué parte no entienden?” Escupía colérico el presidente frente a las cámaras.
Los que estábamos en la otra orilla nos lamentábamos del estado —¿psiquiátrico?— de quien se dignaba a gobernar los destinos de todos los que habitábamos este suelo sagrado. “Peluca” como lo llamaban, renovó su mandato ante la sorpresa de todo el mundo, y todo aquello que no había podido hacer durante el primero iría por ello. No quedaría títere con cabeza y, esta vez sí, ningún “zurdo de mierda” lo detendría.
Todos teníamos muy presente cuando, en plena campaña, allá lejos y hace tiempo, había asegurado que el río «no era de nadie». Curioso esto de resolver una cuestión de soberanía diciendo que, “cuando algo es de todos, entonces no es de nadie”. Porque con un silogismo se borra de un plumazo una cuestión tan compleja como un derecho universal.
Y como en el poema de Bertolt Brecht, al principio se llevaban a otros y uno pensaba que nunca le iba a tocar; pero, al final de la historia, sí. Venían por vos y no lo habías visto. ¿De qué padecimos? ¿Ceguera? ¿Ignorancia? Pero no de la del tipo que nos endilgaba nuestro endemoniado primer mandatario. Era otra, producto del terror a ver un futuro temido. Nunca imaginamos que iba a llegar a esto. Tampoco es que le vamos a echar toda la culpa al tipo que votó más de la mitad del electorado.
Luego de disolver el Congreso —anunciado como un gran ahorro de políticos que no hacían otra cosa que poner palos en la rueda del progreso de la Nación—, a lo Fujimori y con la ironía del destino del guiño de su hija en funciones en tierra del otrora Imperio incaico, Peluca se convirtió en una máquina de triturar lo que fuera. Porque lo que para él era un recurso, para nosotros era un derecho. Entre ellos, nuestro río.
Nuestra normalidad se fue convirtiendo paulatinamente en una autocracia. El bien común solamente era catalogado como tal si aportaba dólares. El único valor o bien aceptable era el económico. El paradigma economicista-productivista había arrasado con un montón de derechos, pero «el objetivo» se había logrado: la gente tenía un sueldo con el que podía comprar algunos engaños de felicidad en 200 cuotas. Todo el mundo endeudado y con un emoticón sonriente como rostro para salir a trabajar.
Ah, eso sí: ahora todos cobramos en dólares. El peso, chau picho.
Quedaron atrás los tiempos en que nos cruzábamos remando hasta las islas y, desde allá, contemplábamos la puesta del sol sobre la ciudad. Un buen día, la Prefectura nos detuvo antes de salir con nuestras embarcaciones. Nos pidieron permiso. ¿De qué? Era un decreto presidencial con fuerza de ley que entraba en vigor inmediatamente en todo el país. ¿Pero permiso para qué? ¿Para remar? «Para remar en propiedad privada», señoras y señores. Desde ahora, si no lo tienen, es ilegal. ¿What? El día lleno de sol anunciaba una jornada hermosa que muy pronto se fue desmoronando. Inmediatamente buscamos el susodicho decreto. Nos quedamos atónitos: «El río se había privatizado». ¿Pero qué otra barbaridad estaba haciendo nuestro demencial presidente? Desde ese momento, docenas de guarderías náuticas quedaron cerradas y observadas como si fueran búnkeres donde se vendía merca.
La campaña mediática y la complicidad de un Congreso que había dado la espalda a lo importante terminaron escupiendo para arriba y sentaron las bases legales para que hoy, siempre en emergencia económica, el Gobierno se saliera con la suya. Entre gallos y medianoche, había concedido por 30 años a la compañía del dragado el uso exclusivo.
La prensa reproducía como una propaladora las vociferaciones de Peluca, que declamaba que ahora sí lo iban a cuidar (al río) porque representaba una ruta fundamental para el crecimiento del país. No podían considerarse serias las protestas de lo que parabél eran unos hippies drogados y con OSDE.
No contentos con llevar el dragado a 44 pies, sostenían que, a medida que menos caudal tuviera el río, más profundo debería ser. Lo fundamental era que la cuenca sostuviera el fructífero comercio que implicaba un frenético entrar y salir de barcos cada vez más grandes. Los señores de la Bolsa de Comercio denunciaban ante los medios que el Gobierno Nacional tenía que garantizar la circulación de los barcos, ya que la hidrovía no podía detenerse. Porque esa era la vía por la cual los dólares iban a ingresar al país. “Sin hidrovía no había futuro”, decían con clamor los titulares de los diarios oficialistas.
Cuando comenzaron las obras, sentimos el dolor como si estuviésemos en una intervención quirúrgica, menguélica y sin anestesia. Recordé las tantas veces que asegurábamos, convencidos en gigantescas pancartas: «Somos el río». Cada vez que las máquinas perforaban su lecho, sentíamos la punzada bien acá. Una megaempresa de ingeniería profana y de punta garantizaría una autopista de dólares, muerte y desolación. ¿Podía ser tan ciego el cortoplacismo de la urgencia económica? Los ingenieros tenían muy claro lo que debía ocurrir para que la cosa funcionara: había que garantizar un calado y hacer que toda el agua que quedaba del río fuera a ese canal, para garantizar que los barcos pudieran desplazarse.
La batalla comunicacional y cultural logró imponer que la hidrovía se asociara directamente a un futuro venturoso, algo así de sospechoso como una felicidad basada en la construcción de grandes cementerios. Una paz haciendo un desierto, como reflexionaba Séneca hace 2500 años. Lograron borrar poco a poco al río, tan nuestro, tan de todos, para imponer el de la hidrovía, tan funcional.
Y nosotros, acá, de este lado del río, mientras tomamos unos mates cada vez más amargos, contemplamos un paisaje siniestro al tiempo que sentimos el alma derrotada cada vez que escuchamos la sirena de un barco que anuncia su paso, como si nos mojara la oreja a cada momento, haciéndonos una broma de mal gusto.
Reconocemos nuestro Paraná hoy convertido en una cuenca seca, como un riacho menesteroso y suplicante que, hasta te diría, a simple vista, tiene menos caudal que el arroyo Saladillo.
Finalmente, nos quitaron el río para convertirlo en una hidrovía.
Al final, pienso en esa pregunta que me hacía cada vez que veíamos pasar un barco de alta mar: ¿teníamos un río o una hidrovía?
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