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Un puma y un yanqui pasaron por el recordado Estadio Norte

El 6 de agosto de 1966 se enfrentaron en el mítico escenario rosarino el norteamericano Rubin "Huracán" Carter, para quien fue su última pelea, con el argentino Juan Carlos "el Puma" Rivero, vencedor del combate y que terminó sus últimos días abandonado en el Hospital Álvarez de Buenos Aires

Por Alejandro Duchini para El Ciudadano

“Carter peleó una vez en la Argentina, en Rosario, con Juan Carlos el Puma Rivero”, me cuenta el periodista Daniel Guiñazú a propósito de la nota publicada en El Ciudadano de la semana pasada sobre el recordado boxeador norteamericano Rubin Huracán Carter, Bob Dylan y Muhammad Alí. Guiña -así lo llamamos cariñosamente sus amigos y colegas- es uno de los que más sabe de boxeo en la Argentina. Está a la altura de los más reconocidos, solo que tiene perfil bajo. Es una de las firmas que siempre recomiendo leer de lo que queda de Página 12, el diario que lentamente se empezó a destruir con salarios empobrecedores.

Aquella fue la última pelea de Carter (récord de 27 triunfos -14 por Ko-, 12 derrotas y un empate). Fue el 6 de agosto de 1966 y Rivero la ganó por puntos en 10 rounds. Los datos salen de la envidiable memoria de Guiña, quien también se acuerda del escenario: el viejo Estadio Norte, conocido como el Luna Park rosarino o incluso el Madison Square Garden de Rosario. Allí pelearon grandes como Gatica, Prada, Kid Gavilán, Pascual Pérez, Bonavena, Accavallo, Locche y Monzón. En esta nota de El Ciudadano van a encontrar datos sobre el Norte.

“Esa pelea se hizo en el Estadio Norte porque el organizador era Héctor Méndez, peleado a muerte con Tito Lectoure. Los boxeadores que se peleaban con Lectoure peleaban para Méndez, que tenía acceso a la televisión. La transmitió Canal 9 o Canal 7. No lo recuerdo bien: yo tenía 8 años, pero sí recuerdo haberla visto por tele”, agrega Guiña.

En aquellos años se vivía la era dorada del boxeo -que continuaría en los setenta-, pero no era común que figuras internacionales llegasen al país más allá del Luna Park. Argentina, conmocionada (no importa cuándo lean esto), estaba bajo un gobierno militar. El 28 de junio había sido derrocado el presidente democrático Arturo Illia. Lo sucedió Juan Carlos Onganía, quien con mano dura se anticipó a la violencia que seguiría a esos tiempos y que llegaría a su peor momento a partir de 1976.

La última presentación de El Puma fue el 27 de agosto del 69 en Las Vegas, ante Nate Williams. Esa noche perdió más que la pelea. Un golpe le provocó desprendimiento de retina. Poco después perdería la vista de uno de sus ojos.

Su arranque, en 1956, había sido espectacular: 24 nocauts seguidos. Se volvió la gran promesa del Luna Park. El 3 de agosto del 57 le pusieron delante a Luis Federico Thompson, supuestamente un rival fácil de voltear y que le permitiría seguir en ascenso. Pero Thompson le dio una paliza inolvidable. Siguió peleando pero, cada vez que salía del país, se le hacía cuesta arriba. Los resultados ambiguos lo convirtieron en un probador de nuevos talentos o futuros campeones. Discutió con Tito Lectoure y se marchó a pelear a los Estados Unidos. Gordo, mal entrenado, andaba por Nueva York, Las Vegas, Cleveland, Chicago. “La diferencia con (Alejandro) Lavorante es que no lo mataron. El Puma era el probador de la figura que aparecía. Y después Lectoure no lo quiso en Argentina”, recuerda Guiñazú.

Luego, el alcoholismo, cuya adicción fue creciendo. Tanto que contó que ante alguna vez llegó a tomar medio litro de alcohol puro porque no encontraba vino. “Prisionero de un alcoholismo incontrolable”, define Guiñazú.

Carter, que de aquella pelea en Rosario se fue prácticamente a la cárcel (casi veinte años), no la pasó muy bien con la salud en sus últimos días: el 20 de abril de 2014 murió por un cáncer de próstata a sus 76 años. Pero lo de Rivero fue peor. Porque en aquella noche ante Carter ya estaba en decadencia, más allá de ganar. A su bajo rendimiento deportivo le siguieron más problemas. Insuficiencia hepática, daños cerebrales, adicción al alcohol.

Tenía 48 años cuando murió el 14 de mayo de 1986. Estuvo entre 15 o 20 días abandonado en el Hospital Álvarez, en Buenos Aires, donde lo cuidaban las enfermeras que no sabían ni quién era. Con los días supieron que era un boxeador. “Situación calamitosa por uso excesivo del alcohol”, le dice el médico a un periodista televisivo. “Irrecuperable”, agrega. Se lo ve respirando apenas, como ido sobre esa cama en la que moriría.

“Murió como una piltrafa humana”, resume Guiñazú.

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