Ciudad

Flavita Banana y el arte de la viñeta: “Si tu trabajo es honesto y a ti te gusta, a la gente le gustará”

Una charla a fondo con Flavia Álvarez-Pedrosa Pruvost sobre su proceso creativo, el uso del humor como idioma, la relación con sus lectores y por qué negarse a encasillarse es la clave para perdurar en el arte.

Por Camila Reciuto/ Especial para el Ciudadano

Flavia Álvarez-Pedrosa Pruvost, conocida universalmente como Flavita Banana, es una de las viñetistas e ilustradoras más influyentes del humor gráfico actual. Nacida en Oviedo en 1987 y radicada en Barcelona, la artista publica desde 2021 sus viñetas día por medio en las páginas del diario El País. Su obra, caracterizada por un trazo negro firme y una mirada ácida, feminista y cotidiana sobre las relaciones humanas, se despliega en seis libros fundamentales: Las cosas del querer (2017), Archivos Estelares (2017), Archivos Cósmicos (2019), Archivos Espaciales (2020), Archivos Lunares (2022) y Archivos Expiatorios (2025). En 2018 ganó el premio Gat Perich de humor gráfico, en 2021 el Premio Gráffica y en 2023 los premios Elgar y Mingote.

En el marco de su visita a la Argentina en septiembre de 2026, la ilustradora pasó por la ciudad de Rosario para participar del Festival de Arte Impreso “Femiñetas, como un río. Mujeres y disidencias Argentina/España”. Esta plataforma artística transatlántica, con ocho años de trayectoria, más de catorce números impresos en papel y una intensa agenda de ferias, talleres y murales, sirvió como punto de encuentro para el intercambio cultural. Durante su estadía en el país, Flavita dialogó sobre la evolución de su identidad artística, su proceso creativo y los desafíos de comunicar en la actualidad.

¿Cuándo fue que te diste cuenta de que te querías dedicar al arte? ¿En algún momento pensaste en dedicarte a otra cosa?

—No creo que los artistas nos demos cuenta así como de un día para el otro. Es un progreso. Yo hice el bachillerato científico tecnológico y saqué matrícula de honor. Cuando una materia es abarcable, tiendo a ser bastante competitiva e intento llegar al límite y ser la mejor. Cuando ya después de eso tocaba elegir carrera universitaria, por ponerme una prueba, opté por algo que no tiene límites y ahí es cuando decidí estudiar arte. Mi ego pensó que si estudiaba cualquier otra materia limitada, me acabaría aburriendo. Entonces me puse a estudiar algo en lo que no tenía ningún tipo de control y no tenía mucho por la mano. O sea, ideas tenía, pero no era alguien que dibujaba todo el tiempo, no era la típica que estaba siempre dibujando. Un poco como todo el mundo, todos dibujamos un poco, pero no era excesivamente creativa. Entonces fue ahí, estudiando en la universidad un grado en Arte y Diseño y luego Ilustración, que vi que iba por ahí. El formato viñeta llegó más tarde porque en la universidad no lo enseñan mucho. Creo que, sobre todo, porque requiere de un sentido del humor que no pueden enseñarte, no puede haber cursos de viñeta. Me di cuenta de que me gustaba dibujar, pero para explicar algo. No el dibujo en sí mismo, no disfruto dibujando porque sí. Entonces me di cuenta de que el formato de la viñeta era el que me convenía.

¿En tus comienzos, hubo un momento en el que pensaras: “Soy buena en esto”?

—Es difícil imaginarme el mundo sin redes sociales, porque aparecieron con fuerza cuando yo ya tenía 21, 22 años. Entonces, mi generación y todas las siguientes hemos podido medir si somos buenos o no, porque hay un público cuantificable. Es decir, ponía imágenes en Facebook en aquel momento y gustaban y gustaban y gustaban, más y más. Entonces tú ahí ya vas encontrando los límites de tu camino, es decir, para dónde le gusta más a la gente, para dónde menos. Al principio es habitual que vayas tirando por los caminos que la gente más responde, pero siempre tienes que llegar a un punto en el que te plantes y digas: “No, ahora voy a hacer lo que me gusta a mí y me seguirán los que quieran”. Para eso, tienes que saber qué es lo que te importa y qué es lo que te gusta y no es evidente porque se tienen que dar dos cosas en el camino del creativo: una es encontrar tu estilo gráfico, y otra es encontrar tu voz. Mi voz iba dando tumbos a ver qué era lo que a la gente le interesaba, obviamente todo el tema del feminismo empezaba a gustar más. Yo creo que donde encontré verdaderamente el filón de oro en la mina fue con las mujeres lectoras, hacer chistes y viñetas del hecho de ser mujer lectora. Aquello explotó porque es un colectivo muy numeroso, muy orgulloso de su condición y al que le gusta mucho verse representado. Puedo hablar de ello porque yo soy mujer y lectora. Luego a nivel gráfico, eso es más ir probando y en mi caso se dio un flechazo con la herramienta que uso, que es el Pentel, es un pincel con tinta china adentro, es como si yo fuera un trazo. Eso fue un golpe de suerte porque hay mucha gente que a lo mejor tiene una voz, pero no encuentra su estilo. Yo lo que hice fue encontrar una herramienta que me gustaba y una forma de dibujar los personajes donde yo me ponía límites, es decir, no tienen cara, no tienen ojos. Me limitaba a tener que forzar unas posturas de los personajes perfectas para que se entienda su expresión y eso te lo da estudiar, hacer mucho dibujo al natural. Siete años de academia, de dibujo al natural, de modelo. Soy partidaria de los autodidactas, pero nunca viene mal un poquito de academia, francamente. Y si no, por la calle, puedes mirar y dibujar, que es gratis y es un buen ejercicio.

¿Cómo es tu proceso creativo? ¿Qué es lo que te inspira? ¿Las situaciones cotidianas, el mirar, el ser curiosa?

—Todo, sí. Yo estoy al servicio de eso 24 horas al día y eso no se apaga. Puede ser cualquier cosa, una frase que diga alguien, una frase que leas en un libro, una película, una canción, una noticia, algo global que digas: “Aquí hay algo curioso”. Y si no, hay una serie de temas globales que siempre funcionan, que siempre puedes tirar de ahí y que a todo el mundo le interpelan. Otras veces, decides hablar de un tema del que a lo mejor no se habla, pero dices: “Venga, yo voy a intentarlo”. Lo que crees que te ocurre solo a ti, le pasa a todo el mundo muchas veces. Entonces es un poco medicinal y a la vez también ayudas a esa gente porque se dan cuenta de que tampoco están locos o locas. Todo lo que voy viendo lo anoto en un WhatsApp que tengo conmigo misma así ya me queda grabado. Le voy dando vueltas y vueltas y entonces empiezo a decidir de qué manera se dice y qué dibujo hago o no. A veces parto de lo contrario, digo: “Bueno, me apetece dibujar a alguien en bicicleta y luego ya veré qué hace”.

Retomando esto que decías de generar comunidad mediante el arte, ¿qué significa para vos formar parte de Femiñetas?

—Obviamente es un orgullo. Aparte me gusta porque es, no me gusta mucho la palabra democrático, pero en este caso sí lo es. Hay de todo, las hay que llevan menos tiempo, las hay que están súper consagradas, las hay que escriben, las que dibujan. Prefiero mil veces estos eventos con caras, con nombres, eventos pequeños y con cuidados, que una gran feria del libro absolutamente impersonal, lujosa, fría, donde te sientes súper sola, donde el hotel es el mejor del mundo, pero nadie te saca a comer, donde vales solo por tu trabajo. Sin embargo, con estas iniciativas se cuida mucho el nivel humano, esa es la parte linda. No soy Flavita, aquí soy Flavia.

¿Por qué elegiste Flavita Banana como nombre artístico?

—Porque una amiga me llamaba así y abrí la página de Facebook y no sabía qué poner. Mi nombre es Flavia Álvarez-Pedrosa Pruvost, el primer apellido es compuesto y el segundo es francés, solo yo tengo ese nombre en el mundo. Se me hacía muy violento poner mi nombre, porque era como poner el DNI o mi dirección o mis medidas, era como muy raro. Todas esas personas que yo he admirado en el mundo de la viñeta, que generalmente son señores y están muertos, usaron siempre seudónimos. Una amiga me llamaba así por Juanita Banana, que es un juego de palabras, puse eso y me arrepiento cada día. No me siento nada identificada. Que en el discurso de un premio el Rey de España diga la palabra banana a mí me da risa. Pero a veces siento que es demasiado tarde, no puedo cambiarlo. La gente lo ama y me dicen: “Ay, qué bien suena”. Y digo: “Claro que suena bien, porque es Juanita Banana”, o sea, alguien ya pensó en este juego de palabras. Aparte que es muy tropical y luego ves mi trabajo y nada que ver.

En un momento donde prima lo digital, ¿en este festival hay una reivindicación del papel como conexión con lo humano?

—Yo siempre lo defenderé y a las pruebas me remito. Siempre ha habido ese miedo a que los libros dejen de existir, a que los libros se dejen de imprimir. El libro ha recibido mil empujes en contra y se siguen editando, se siguen vendiendo, la gente sigue leyendo en papel. Yo creo que de la misma forma que antes era una cuestión de normalidad, es decir, la gente leía el diario, leía libros, porque era entretenimiento, ahora hay casi una decisión política. Por ejemplo, mis libros son recopilatorios, probablemente el 80 % de las imágenes de ese libro que tiene 200 viñetas cada una, ya están en Instagram, puede que ya las hayas visto o si me sigues en El País, las has visto todas, pero compras el libro porque quieres sentarte un momento y estar tranquilo. De la misma forma que los lectores estamos muy orgullosos de nuestra condición de lector, nadie se haría una camiseta de: “Soy adicto al teléfono”. Todos buscamos la forma de salir de ahí. Cada vez hay más gente que se va el fin de semana al campo y no lleva el teléfono o intenta limitarse. A pie de calle todo el mundo sigue apreciando el papel, la verdad.

¿Creés que todos los tipos de arte, todos los tipos de humor deberían ser políticos?

—Hay humor gráfico absolutamente absurdo que no tiene ningún mensaje de fondo y es fantástico, de vez en cuando hay que descansar un poco. Yo misma a veces tengo semanas en El País donde mando viñetas que no tienen conexión con la realidad y que no dan ninguna lección, pero sí que es verdad que aprecio cuando la gente se posiciona y lo deja claro. Lo aprecio porque hoy en día, por culpa de las redes, nos achicamos mucho. La gente tiene miedo de decir cosas porque le pueden cancelar. Nunca hemos tenido tanto miedo de hablar. Sí que hubo épocas donde si hablabas te mataban, pero había más gente que hablaba, pese a que le pudieran matar. Ahora, por el mero hecho de que te puedan cancelar, ya callan. Lo que hay que hacer, yo creo, es hablar de todas formas, encontrar las formas de decirlo, donde se entienda que no estás atacando, sino que estás dando otro punto de vista. La política no es correcta, no existe la política correcta. A alguien le va a molestar siempre. Entonces elige a quién molestas.

¿Cómo fue ese primer momento donde mostraste tu arte al mundo? Un momento de valentía, ¿se puede decir?

—El fin del arte es mostrarlo. Prácticamente nadie hace arte para sí mismo, todos los artistas somos unos necesitados de atención, eso es lo que nos mueve a crear. Muchos artistas son el hijo de en medio o el segundo o tercer hijo. Todos tenemos algo que ha hecho que necesitemos aprobación externa. Sobre todo en el humor gráfico, pues se suma la comicidad con el arte. Lo mío fue gradual, al principio tienes poca gente que te sigue, entonces te envalentonas y tiras para adelante. Cuando los seguidores empezaron a subir sí que hubo un momento en que me preocupé porque pensé: “Algo estoy haciendo mal si hay tantos seguidores, es demasiado fácil”. Un antiguo profesor mío de universidad, cuando se lo comenté, me dijo: “Piensa en Los Simpson, le gustan a todo el mundo y no por eso dejan de ser buenos”. De lo que me enorgullezco mucho es de que he arrastrado los mismos seguidores desde el principio. Yo he ido cambiando y mis seguidores han cambiado conmigo y han aprendido. Aún así, creo que soy capaz de seducir a nuevos o nuevas seguidoras. Hay muchos dibujantes que solo los entiendes si siempre los has visto, porque tienen unos códigos. Yo intento que eso no ocurra, que cualquier persona que aterrice pueda gustarle un poco lo que yo hago. Nunca me dio miedo mostrar mi arte, porque a los seguidores no los ves, son una cifra, eso siempre lo tuve muy claro. Yo dibujo en casa y vivo sola, a la multitud no la veo nunca. No existe, es impalpable. Si no enciendo el teléfono, estoy sola.

¿Te considerás una persona graciosa? ¿Tenés que considerarte una persona graciosa para dedicarte al humor gráfico?

—En mi caso, yo sí que me considero graciosa, aunque te lo tienen que decir los demás, pero yo creo que he podido demostrar que lo soy. Estoy trabajando en no serlo todo el tiempo, porque hay que saber medirse. Estoy trabajando en no creer que todo mi valor recae en ello, que nos pasa mucho a los graciosos. Ser gracioso es un mundo, yo tengo compañeros y compañeras, sobre todo compañeros del oficio, que hacen viñetas de humor gráfico y que no son nada graciosos en persona. Se toman muy en serio, son tímidos, pero son buenos haciendo chistes. No creo que tengas, necesariamente, que ser una persona graciosa en el día a día. Lo mío es un poco raro, soy dibujante, pero además soy un ser muy social. Los dibujantes por lo general no son muy sociales, son muy caseros, muy introvertidos. Pero lo que es seguro es que para hacer humor gráfico tienes que tener sentido del humor y para eso, tienes que ser capaz de reírte de ti mismo. El humorista gráfico que se toma muy en serio y que lo hace todo bien y que es impecable, hace un tipo de chiste que siempre ataca al resto. Es como que buscan aliados para reírse de otra gente.

¿Cuánto hay de tu propia historia en tus personajes?

—Cada vez menos. Al principio sí que hablaba mucho de mis cosas, de mi mundo, mis relaciones, cómo me sentía, ser mujer. Llegó un punto en que, pues eso lo hace todo el mundo, sobre todo nosotras tendemos a hacer eso, a hablar del hecho de ser mujer. No voy a enseñarle a una mujer lo que es ser mujer. Cada una lo es a su manera, yo creo. Entonces, me planté y ya casi no hay mucha anécdota de mi día a día en mi trabajo, ahora hablo del mundo en general. Quizá en algunas viñetas sobre la no maternidad, puede que haya gente que me conozca y sepa que estoy más acorde con eso, pero también tengo viñetas sobre maternidad. Por ejemplo, consulto con amigas que son madres y me dicen: “Buen chiste”. Tienes que poder ser un altavoz para otros grupos, porque si no, es un nicho muy pequeño el que te va a hacer caso. Yo quiero poder darle viñetas al máximo de gente y, sobre todo, conseguir que se rían con temas que no les toquen. Por ejemplo, que hombres logren reírse de viñetas que hablen del hecho de ser mujer. No toco temas como la regla, el dolor menstrual, la menopausia y todo eso; hay mucha gente que los toca, demasiada a veces para mi gusto. Pero ¿sabes? Hace falta, porque durante mucho tiempo no se habló, era tabú. No se contempló que gran parte de la gente que lee libros son mujeres y con el humor gráfico lo mismo. Las mujeres consumen muchísimo humor gráfico. Nos sienta bien, nos reímos de nosotras.

¿Hacer humor te resultó más difícil por ser mujer?

—Mucha gente sigue pensando que las mujeres no son capaces de hacer humor. Cuando el humor empezó a ser un bien de consumo un poco más universal, con la comedia de stand-up en los 70, 80, 90; en España, solo tuvieron éxito aquellas cómicas feas. Especialmente feas o especialmente gordas, o especialmente poco arregladas, masculinas, es decir, el hombre se permite reír con humor hecho por mujeres fallidas, digamos. Pero cuando hay figuras del humor en España, como Patricia Conde o se me ocurren otras que son absolutas modelos hegemónicas, muchos tíos no se permiten reír con ellas porque están buenas. Como si el humor fuera un recurso porque eres fea o porque estás sola o porque nadie te hizo caso. Muchos siguen creyendo que si eres graciosa es porque estás buscando pareja, como que nunca harás algo por ti misma. Pero en el caso de los tíos, todos pueden ser graciosos. Me da igual si piensan que lo hago por algo o por lo otro, que piensen lo que quieran. Lo que sí me choca mucho es cuando me encuentro con gente que no tiene nada de sentido del humor. Es muy chocante, es muy muy aburrido, muy loco, pero cuando te encuentras con alguien que tiene mucho, es una fantasía. Porque lo ves enseguida y puedes tirar cada vez más hacia el humor negro. Ahí hay un lenguaje, yo creo que es un idioma el humor, sabes hablarlo o no sabes hablarlo. Aprenderlo es difícil, o te lo hablaron desde chico o no. Es un medio, no es un fin, es una forma de ver las cosas. Implica mucha más apertura de lente, porque para poder hacer humor tienes que conectar puntos y de ahí sale el chiste, conectar dos cosas que no tienen nada que ver, irte muy lejos en una conversación, alguien dice algo al principio, y al final lo rematas y todo el mundo se ríe porque entienden por qué dijiste eso. Requiere de un cierto nivel de inteligencia, creo que sobre todo, al común del público que aprecia el humor, le gusta por sorpresivo, porque es algo inesperado. Un remate de un chiste siempre es una sorpresa.

¿Hay algún momento donde te quedes tranquila de que la viñeta está terminada o siempre querés mejorarla?

—Voy rápido porque mis viñetas se publican día por medio, entonces no me complico. El dibujo para mí es sencillo y no le doy mucha vuelta. Se trata de decidir hasta dónde quito para que se siga entendiendo, no qué añado. Lo que sí pasa es que, de repente un día le pones cordones a los zapatos y hay gente que no pilla el chiste; piensan que tiene que ver con que tengan cordones los zapatos, porque están acostumbrados a ver los zapatos sin cordones. A veces, la gracia de mis chistes es que están ultracargados de información cuando normalmente no la pongo. Tiene que ser un día que tenga bastante tiempo y ganas, pero es entretenido, es como hacer mandalas.

¿Qué consejo le darías a ilustradoras que están empezando este camino?

—Que salgan de la cocina. Si el humor gráfico es una casa, la cocina es donde estamos nosotras, donde estamos cómodas, pero también donde nos mandan, es donde creemos que lo tenemos todo bajo control. No te sientas obligada a hablar de los temas que crees que te corresponden, que es ser mujer, tener pareja, ser madre, el cuerpo, estoy gorda, me depilo. Sal de la cocina, vete al resto de la casa, vete al barrio, sal de la ciudad. Puedes hablar de todos los temas, si es lo que te interesa. Si te interesa hablar del hecho de ser mujer y te sientes tranquila y segura ahí, hazlo. Pero no creas que son los temas que te corresponden, puedes hablar de lo que te dé la gana. ¿Tú crees que los hombres controlan todo? No, pero se lanzan y lo hacen, se atreven. No es que ellos hagan algo malo, es que nosotras nos limitamos muchas veces. Un poquito más de seguridad, yo creo. Bueno, también hay muchas, por ejemplo, que su vivencia personal les parece muy importante y les gusta trabajar sobre eso, pero en parte te estás limitando, porque el público que va a consumir eso es público al que le ha pasado. A lo mejor lo que te puede liberar es precisamente hablar de lo que no es tu vida, sino de todo lo demás. Que te interesen más temas que tú misma.

¿Cuáles son tus próximos proyectos, Flavia?

—Mi proyecto es no andar buscando siempre más. Estoy en un momento dulce y lo estoy disfrutando. Dentro de la viñeta de opinión en España no hay otro paso, estoy en el tope, al final del callejón. Estar en El País es lo máximo a lo que puedes aspirar, es el periódico nacional más importante. Quizá el paso siguiente lógico sería estar diaria, yo estoy días alternos. No soy muy ambiciosa en ese sentido, mi proyecto es la viñeta de mañana y mañana será la del otro día.

¿Cuál es tu visión del éxito?

—Mi éxito ha sido haber perseverado en una cierta moral, una cierta ética, un cierto estilo, y que a su vez eso le haya gustado al público. Tienen que ser las dos cosas, lo que está claro es que no puede ir una cosa sin la otra. Puede que se te dé súper bien copiar, pero en el arte es el peor error que puedes cometer. Probablemente la gente te empiece a seguir y le encante porque no conocen la fuente. Si a lo que te dedicas es a copiar o a hacer algo muy parecido a lo que hace otra persona, no lo vas a poder sostener. Te funcionará un año, te harás medio viral, pero tú mismo no dormirás bien algún día porque no tienes ideas, no te salen. Entonces encuentra tu camino, encuentra tu forma de contar las cosas. Suena muy fácil decirlo y es lo más difícil de conseguir. Cuestiónate constantemente, cambia, prueba y hazlo por ti. Si es honesto y es verdad que a ti te gusta, a la gente le gustará.

Entradas recientes

El 76% de los argentinos que se endeudaron lo hizo para pagar alimentos, salud y servicios

Cerca de la mitad de la población no llega al día 15 del mes y…

septiembre 20, 2026

Transportistas de cargas denuncian “peaje ilegal” en Ramallo: cuánto costaría

La Federación presentó una denuncia ante la Secretaría de Transporte y pidió frenar el esquema…

septiembre 20, 2026

Morelli remontó 15 puestos y terminó octavo en el GP de Austria de Moto3

La otra cara de la moneda para la delegación argentina fue Valentín Perrone, quien cruzó…

septiembre 20, 2026

La bandera inspirada en la Selección llegó a las Islas Malvinas

Ex combatientes y familiares de soldados caídos en la guerra de 1982 desplegaron en el…

septiembre 20, 2026

Un keniata ganó la Maratón de Buenos Aires con un tiempo de 2:08:23

Bethwel Kibet Chumba se impuso en los 42K de la Ciudad, que reúnen a más…

septiembre 20, 2026

«Olivosgate»: Marcela Pagano denunció más irregularidades, contrataciones dudosas y un presunto proveedor fantasma

La diputada nacional apuntó contra el entorno de la Presidencia por presunto peculado, fraude y…

septiembre 20, 2026