Un posteo de Facebook del saxofonista Yayi Gómez revela un aniversario muy sentido para muchos que alguna vez vibraron con una música elaborada con bases rockeras salida de una usina sonora llamada Irreal. En estos días se cumplen 50 años del nacimiento y presencia –aunque efímera– de esa notable formación y algunos de sus integrantes volvieron por sus instrumentos
Un posteo de Facebook del saxofonista Yayi Gómez revela un aniversario muy sentido para muchos que alguna vez vibraron con una música de gran elaboración y propiciada por una mixtura de géneros, aunque destacaba una fuerte impronta rockera, salida de una usina sonora llamada Irreal, una afinada banda con seis integrantes que pisó fuerte en la escena rosarina, y quizás pueda datársela como un principio posible para lo que luego se conocería como Trova Rosarina. En estos días se cumplen 50 años del nacimiento y presencia –aunque efímera– de esa notable formación.
Dice el posteo: “Hace exactamente 50 años, un grupo de adolescentes de Echesortu nos juntamos a componer música en la casa de la abuela de Marcelo Domenech, frente a la Plaza Buratovich. Así nació “Irreal”. Lo integrábamos Hugo García en guitarra, Adrián Abonizio en guitarra y voz, Ricardo “Topo” Carbone en batería, Juan Chianelli en teclados, Marcelo Domenech en Bajo y Yayi Gómez en Saxo, Clarinete y Armónica. Debutamos un 17 de Diciembre de 1976 en la Sala “Il Trovatore” del Club Italiano. Luego vinieron los cambios, el primero en emigrar fue Abonizio, lo reemplazó Juan Carlos Baglietto. Le seguí yo (Yayi) y fui reemplazado por “Piraña” Fegundez y así sucesivamente se dieron nuevas incorporaciones hasta su disolución por el año 1982 aprox. donde el único miembro fundador que había permanecido era Juan Chianelli. Hoy, medio siglo después, ya todos jubilados, nos encontramos visitándonos 3 ex Irreal, como quién decide ir a tomar un café con amigos que hace años que no se ven. Y así decidimos tocar algo instrumental y grabarlo en casa de Hugo García junto a Marcelo Domenech y yo. Lo primero que nos dio ganas de hacer fue la Zamba de Argamonte. Y así es que durante un año, casi una vez por semana nos juntábamos a charlar, ver fútbol, tomar mate y si pintaba grabar algo… Bueno Hicimos 8 temas. El primero que terminamos de subir en YouTube es Cactus de Gustavo Cerati. Dedicado a nuestros amigos, iremos subiendo los restantes a la brevedad”.
Tal vez por su carácter catártico, “Pánico en Buratovich” fue uno de los temas más insignes de Irreal. Fue compuesto tras un tenso y peligroso acontecimiento, puesto que eran los días donde asolaba el terror emanado de la dictadura cívico-militar que se había hecho con el poder estatal tras el golpe de Estado de 1976.
“Vivíamos con miedo esa época. Sin embargo, viéndolo a la distancia creo que no fue tan grave; nos sentíamos importantes viviendo nuestra propia revolución, pero en realidad éramos unos pollitos mojados que lo único que queríamos era tocar, decir lo que pensábamos con nuestras jóvenes rebeldías a cuestas, uno nunca sabe si el tiempo y lugar elegidos son los más propicios”, dijo Baglietto –que lideró hasta el último aliento de la formación luego de reemplazar a Abonizio–, rememorando esos tiempos.
Otro protagonista de esos días de eterna fatalidad, Juan Chianelli, tecladista de la misma banda, contaba cada vez que podía cuál había sido la inspiración para el tema “Pánico en Buratovich”. En 1977, merced a algunos contactos, Irreal dio un concierto en el teatro La Comedia, registrado en un vapuleado grabador porque en ese entonces eran escasas las probabilidades de escucharse para ver cuál era el sonido producido en vivo.
Como apenas habían quedado unos pesos –habían casi llenado el teatro porque además esa noche se proyectó “Sueños de un oficinista”, un cortometraje del prometedor realizador Mario Piazza–, por fuera de pagar el flete para llevar los equipos, saldar deudas y repartir algo entre los amigos plomos que los cargaron y acomodaron en el escenario, el grupo que integraban el baterista Topo Carbone, el saxofonista y armoniquista Yayi Gómez, el bajista Marcelo Domenech; Adrián Abonizio en voz y guitarra y Chianelli, en teclados, encaró para la plaza Buratovich –emplazada entre las calles 9 de julio, Zeballos, Cafferata y San Nicolás, en una de cuyas casas lindantes solía ensayar–, sumida en esa hora cercana a la medianoche en una oscuridad profunda. Algo agotados por la excitación del recital en un teatro como el de la cortada Ricardone, los jóvenes “irreales” se desparramaron en el césped mullido y a la vez húmedo de rocío para escuchar la grabación.
Conteniéndose para no quebrar el silencio cómplice volvían a escuchar los temas grabados una y otra vez y sopesaban voces y sonidos, absortos en esa complacencia provocada por revisar de qué eran capaces y cuánto más podían agregar. Nadie supo nunca cuánto tiempo había pasado pero Domenech dio la voz de alarma señalando a un patrullero –así se mentaban a los coches policiales en las urbes argentinas– detenido en una de las esquinas de la plaza, lo que los hizo cabecear hacia la esquina contraria y encontrarse otro más con las luces encendidas, y en las dos restantes terminaba de conformarse un alarmante cuarteto de coches azules que avanzaban sin prisa y sin pausa arrasando todo lo contenido en los canteros y hasta el bebedero, que voló alcanzado por uno de los paragolpes de hierro.
Rodeados y encandilados por las potentes luces de los automóviles, escucharon un vozarrón diciendo que se levantasen todos con las manos en alto. Alguno de los músicos atinó a balbucear que solo estaban escuchando la música que venían de tocar y mostraron el permiso policial que los habilitaba –que había llevado una intrincada y fastidiosa tarea conseguir– pero solo oyeron un excitado “¡qué música ni qué carajo, los tenemos que llevar a todos!” como toda respuesta.
Reducidos a meros sujetos pasibles de ser encanados, casi como en un caprichosa escenografía decorada por uniformados con metralleta en mano y unos pelilargos con el semblante ahora mustio como las flores pisoteadas por las ruedas de los patrulleros, caminaron hacia una furgoneta en la que serían trasladados vaya a saber dónde. Paradójicamente, la providencia, que en todas las épocas despliega su manto de piedad o protección, permitió que un tenebroso Falcon verde se acercara y se detuviera con las luces apagadas. Quien comandaba la acción policíaca saludó con rápida venia y habló con el acompañante delantero mientras los “irreales” sudaban copiosamente pese a la brisa fría que los abrazaba. Apenas unos minutos después, el gritón de azul les dijo que podían irse y que lo hicieran rápido porque ya sabían que ensayaban en la casa con jardín “de allí enfrente”.
Después de esa noche la banda ya no pudo escuchar la grabación del concierto que tanto les había costado. La prisa por perderse de vista de la patota los hizo olvidar el grabador sobre el césped. Chianelli trabajaba en una metalúrgica en esos tiempos en que exigía sus dedos sobre un teclado Farfisa. Cuando en un futuro recordaría esa negra odisea, lo relacionaría con lo que pasaba en las fábricas: “Los trabajadores que estaban al margen de una expresión artística, sufrían la represión en la fábrica y podían caer presos por haber estado reunidos con un delegado. Yo trabajaba en Laminfer y había mucha ebullición, mucha actividad gremial”.
Pero aquella noche, para sacarse el miedo y el temblor sofocante que cargaban, se sentaron en la sala de ensayo y encendieron unas velas mientras con dos guitarras acústicas improvisaron los primeros acordes de lo que iría a llamarse “Pánico en Buratovich”.
A la distancia, puede verse que Irreal ya había logrado definir un estilo de sonido y se afianzaba en un tipo de canciones pergeñando un formato que más tarde, como deriva, adoptaría, en una línea invisible, la formación originaria de Baglietto que llenó Obras y grabó “Tiempos difíciles”. Y es que los enroques de los casilleros preanunciaban un desarrollo musical que tuvo en Irreal parte de su cuna y principalmente en la figura de Abonizio, quien era el autor de la mayoría de los temas.
El compositor de “Mirta de regreso”, sintiéndose tentado por iniciar un camino solista, fue reemplazado por Baglietto, alguien ya cercano a la banda. Este último, con su probada eficiencia como frontman, le aportaría a la banda una fuerte impronta escénica que Irreal agradeció. Poco después, el lugar de Yayi Gómez lo ocuparía Juan Piraña Fegúndez en flauta y percusión y el bajista Juan Ricci –integrante de la poderosa banda Síntesis que había fundado el hoy ciudadano francés Jorge Migoya– tomaría el lugar de Marcelo Domenech.
Un cassette que grabaron los “irreales” –no el abandonado sobre el césped de la plaza Buratovich– fue lo único que perduró y es suficiente para dar cuenta de lo que la formación había alcanzado. Y, como señala Yayi Gómez en su posteo, las ganas de volver a las andadas musicales parecen estar intactas, habrá que escuchar entonces el resultado de sus experiencias musicales acumuladas, que seguramente no serán pocas y cuya prueba cabal es la exquisita versión de «Cactus», el tema de Cerati mencionado.
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