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Una noche en el Lumière

El Lumière es más que un cine donde se proyectan películas. Tiene cosas que no se perciben con una cámara, muchas cosas que la cámara no registra. Voces de una sala llena como hacía años no veía en un cine. Ruidos de pasos y de la madera rechinando bajo los pies. Risas, aplausos. Olor a naftalina, a ropa guardada, al café del otro lado de la sala. Sillas que tuvieron que agregarse por la cantidad de gente que fue a reunirse allí

Por Luna Tettamanti

No soy fotógrafa, pero algo de la fotografía siempre me llamó la atención. Siempre me gustó pensar cómo un lente puede capturar recuerdos que quedan inmortalizados en el tiempo.

Conseguí una cámara hace unos meses, una Coolpix T500. Estuve un mes sin comprarle las pilas y ahorrando para la memoria. Hasta que un día, mi mejor amiga me acompañó a comprarla, con la excusa de tenerla lista para el cumpleaños número 85 de mi abuela. Sin darme cuenta, empecé a llevarla a todos lados. Me di cuenta de que siempre hay algo por retratar. Una historia por contar, algo para inmortalizar.

Comencé con mi perro, mi hermana y mis amigas; seguí con mi familia y terminé sacándole fotos a los paisajes. Cosas que uno ve o transita diariamente, pero que no captura con algo más que la mente. Y a veces ni eso. Vivimos viendo historias inmediatas, pero no nos detenemos a observar los detalles.

Y así terminé en el 31° Festival de Cine Latinoamericano, casi arrastrada por mi amiga. A diferencia de la función del planetario de ese mismo día a las 17:30, a la que llegué a las 17:35 por culpa de mi queridamente odiado 132, llegué media hora antes de la función. Eso me permitió tener treinta minutos para registrar todo aquello que llamara mi atención y construir una historia.

La idea era percibir, prestar atención a los detalles, tomar nota para después poder escribir sobre lo que veíamos, olíamos y sentíamos a nuestro alrededor. Clari hizo eso: tomó nota de los detalles. Pero yo, casi sin darme cuenta, terminé percibiendo con la cámara.

En total saqué 188 fotos. En un principio fotografié únicamente a las personas mayores que esperaban en la fila. Siempre que voy al Lumier me llaman la atención. Le pregunté a una de las chicas que trabaja ahí por qué cree que tiene tanta convocatoria y me dijo que el Lumier tiene la identidad de ser un cine de barrio. Conforma su identidad como una simbiosis: el Lumier a Arroyito y Arroyito al Lumier.

La noche tuvo emociones, encuentros y vínculos que pude capturar con la cámara. Amigas riendo. El famoso señor de gorro que parecía el Zorro, definitivamente el personaje del festival. La luz roja. Los reflectores en movimiento. La alfombra roja que te hacía sentir como si estuvieras en una première. Capturé muchas sonrisas. Muchas cabezas indefinibles en una sala oscura frente a una gran pantalla. Un piso que reflejaba la luz proyectada.

El año pasado y el anterior solíamos ir mucho con mi papá y mi hermana. Este año volví por primera vez y eso me dio nostalgia. No suelo ir porque me queda lejos, pero cada vez que voy es una experiencia que recomiendo por lo disruptiva que resulta. Habremos visto más de treinta películas: argentinas, francesas, estadounidenses. Algunas más entretenidas que otras, pero siempre recomiendo el Lumier por la experiencia que implica ir.

Es un cine con una sola sala de proyección que parece sostenido en el tiempo: afiches viejos, sillas que chiflan, maderas que suenan. Es como volver atrás, salir de la inmediatez, de la tendencia, de lo vistoso.

El Lumier es más que un cine donde se proyectan películas. Tiene cosas que no se perciben con una cámara, muchas cosas que la cámara no registra. Voces de una sala llena como hacía años no veía en un cine. Ruidos de pasos y de la madera rechinando bajo los pies. Risas, aplausos. Olor a naftalina, a ropa guardada, al café del otro lado de la sala. Sillas que tuvieron que agregarse por la cantidad de gente que fue a reunirse allí.

Incluso cambia completamente con las luces encendidas. Luces amarillas. Tonalidades verdes. Jóvenes con flores. Techos extremadamente altos. ¿Cuánto medirán? ¿Por qué son tan altos? pensaba mientras, de fondo, la gente entraba y se escuchaban risas. Personas que no se conocían se sentaban una al lado de la otra.

Pies coordinados moviéndose al ritmo de la ansiedad.

Mientras me sentaba pensaba en cuánta gente vive en Rosario y uno no conoce, pero con la que comparte un sábado 30 de mayo a las 20:37.

Gente que elige estar ahí. Gente que, contra la naturaleza de una ciudad atravesada por la velocidad y la inmediatez, decide reunirse en una sala oscura para compartir una historia.

Y entonces entendí algo. Había pasado toda la noche intentando capturar el festival con mi cámara, pero lo más importante no estaba en las fotos. No estaban los aplausos, ni las conversaciones antes de la función, ni el olor a café, ni la sensación de estar compartiendo ese momento con cientos de desconocidos.

Terminé viendo una película en el Lumier, pero también terminé encontrando algo más: un lugar donde todavía es posible detenerse. Mirar. Escuchar. Compartir. Y por unas horas, romper con la inmediatez.

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